11.9.08

Aquel día me marché sintiendo que no había sido igual a los demás. En realidad ninguna de las ocasiones en que habíamos estado juntos era igual a la anterior, a ninguna de las anteriores.

En aquel momento no supe identificar qué había cambiado. No supe ver, sentir, siquiera imaginar que aquella sensación, aquello que había cambiado su posición natural pudiera llegar a producir los terremotos, huracanes, las tormentas que habrían de venir después.

Hoy sé que fue tu mirada. Profunda, directa, sincera… Y algo quedó unido a ella, prendido a tus ojos quedó lo único que no quise apostar.

1.9.08

Obsesión.

(Del lat. obsessĭo, -ōnis, asedio).

1. f. Perturbación anímica producida por una idea fija.

2. f. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente.

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27.7.08

De vuelta

Tras diez días fuera, mi cuerpo está de vuelta.

Ha acabado por reunirse con mi mente, con mis pensamientos, que nunca se fueron, que siempre estuvieron aquí.

Ahora me gustaría poder decir que estoy más cerca de ti.

8.7.08

Juntas las palmas de las manos, juntas.
Dedo a dedo, entrelazados como en un pulso, los dedos.
Pecho contra pecho, mirada en tu mirar, cautivo.
Y el corazón al galope, pugnando por liberarse.
Unidos los cuerpos, al unísono danzando.
Empapado en tu sudor, tú en el mío…
al compás de la música que nos lleva
lejos del resto del mundo…
Nos va la vida en el empeño
y te entregas toda
me entrego

19.6.08

No despertar...

No había dormido bien las noches anteriores. Me levantaba con la misma sensación de cansancio con que me había acostado y con la cabeza embotada. A todo lo anterior se unía la sensación de angustia que nacía de las pocas imágenes que recordaba de las pesadillas que me habían atormentado por la noche.

Sin embargo anoche fue diferente. Mientras dormía, una sensación placentera me invadió por completo. Recuerdo notar como sonreía, dichoso, feliz.

Sé que soñaba contigo.

Por eso no quiero dejar de soñar, no quiero despertar. Nunca. Jamás. Dormir por siempre.

3.3.08

Luna llena

La noche invitaba a la vigilia. Tras el caluroso día, la temperatura no había llegado a bajar tanto como para llegar a refrescar lo suficiente la caravana en la que habían viajado hasta aquella playa. Tras la cena se quedaron fuera, sentados con unas cervezas bien frías, con la intención de hablar, quizás leer un poco y cuando les venciera el sueño, irse a dormir.

Hacía unos meses habían mantenido una corta y tórrida relación a pesar de que ambos tenían pareja. Habían cedido al impulso del mutuo interés que les llevó al deseo, a dejarse llevar por la pasión, a vivir aquellas sensaciones que se despertaban mutuamente. Pero tras unos meses, tras los escarceos, las citas a salto de mata, las excusas y las mentiras, pudo más la racionalidad y decidieron dejarlo. Sabían que ninguno dejaría a su pareja y les querían lo suficiente para no querer hacerles daño. Sería su secreto, su experiencia compartida, algo que afirmaría su amistad, su cercanía, su buen entendimiento.

Ninguno de los dos había renunciado a poder verse, a poder quedar juntos, a hablar de lo que había sucedido, a retomar esa amistad anterior al margen de su aventura. Se querían, se entendían bien. Así que ella propuso intentar disfrutar de unas vacaciones juntos. Pidieron una semana en sus respectivos trabajos y como el tiempo era bueno pero la temporada playera no había comenzado, decidieron poner rumbo al mar.

Una inmensa luna llena iluminaba la noche, dándole una luz especial, creando una atmósfera casi mágica. Apenas se oía el rumor del mar, las olas muriendo en la orilla. De repente, una ligera brisa jugueteó con la llama de la vela, acabando por apagarla. Ninguno de los dos se movió a encenderla, absortos como estaban en sus pensamientos.

“Me apetece una ducha”, dijo ella, sorprendiéndose de haber verbalizado su pensamiento en voz alta. “En la playa hay”, le contestó él. No dijo nada, la idea le tentaba, pero no le apetecía mucho perderse sola en un espacio que no conocía. Como leyéndole el pensamiento él le dijo: “Te acompaño, vamos, a mí también me ayudará a dormir mejor”.

Cogieron sus cosas, instintivamente se dieron la mano y se encaminaron hacia las duchas.

Sobre el mar se dibujaba el reflejo de la luz proyectada por la luna, se quedaron un instante mirando, después sus miradas se cruzaron. “¿Vamos?”, preguntó ella. “Sí, vamos”.

Se despojaron de la ropa que dejaron abandonada en un montón sobre la arena. Ella se adelantó, ansiaba sentir el abrazo con el mar, tras un invierno que se le habían hecho aún más largo si cabe. Sintió primero la frescura del agua en los pies y redujo el ritmo de sus pasos, sin llegar a pararse. Luego los tobillos, las rodillas, el agua siguió mojándole conforme avanzaba. Se mojó los brazos, los hombros, la cabeza… y cuando él no lo esperaba, se lanzó al agua, sumergiéndose y apareciendo de nuevo unos metros más adelante.

“Ven, ven, ¿a qué esperas?, está buenísima”. Él se debatía entre las ganas de reunirse con ella en el agua y un viejo temor al mar y la oscuridad. Sabía que la experiencia iba a ser inolvidable, pero algo paralizaba sus piernas por mucho que su cerebro les mandara avanzar.

Ella se dejó cubrir por el agua y él, al verlo, se lanzó hacia delante, olvidando sus temores infundados heredados de la infancia y fue a reunirse con ella, parándose a la altura donde ella se sumergió. Al instante volvió a aparecer a su lado, sonriéndole, “te has hecho de rogar”… Durante un rato nadaron despreocupadamente, disfrutando del momento, olvidándose del resto del mundo.


(Continuará)

18.2.08

Elucubraciones.

Historias que quedaron en tres líneas.


A veces no te entiendo.
Y muchas, las más, no sé lo que quiero. Y esto sé que no es justo…
Otras, muchas, tengo miedo a “perderte”.
A veces me duele, y después me pregunto si tengo razón o motivos para que sea así.
Otras muchas me digo, me convenzo, que tampoco sería tan extraño…



Andaba buscando entre los cds alguna foto que me ayudara a ilustrar un relato, cuando he llegado al que contiene las fotos de aquella sesión, juntos. No he podido por menos que ponerlo en el lector…



Me encanta que te tumbes sobre mí. Apoyas tu pecho sobre mi costado, atrapas entre tus piernas la mía. Noto el calor y la humedad de tu sexo sobre mi muslo. Jugueteas con el vello que cubre mi pecho; a la vez, recibo suaves besos…



Cuando llegue el frío, no me niegues tu calor.



Sólo una cosa hay peor que mis palabras a desmano, mis silencios a destiempo. Las palabras que mueren sin llegar a nacer de mi boca, las que imagino en la noche, las que nunca plasmo en un papel. Silencios que hieren, que matan el calor de tu mirada.

12.2.08

Evocándote

(Recuerdo, soñando despierto, el suave tacto de tu piel).
Después del amor…

Despacio, como para no molestarme (que en absoluto lo haces), te das la vuelta y me ofreces tu espalda desnuda. Me pides que pase mi brazo bajo tu cabeza y te enlace, cerrando el abrazo con el otro, que tomas con tu mano y llevas a descansar sobre tu seno… Me acerco a ti. Pego mi cuerpo al tuyo, y te siento.

Como un puzzle, encajados, dejamos pasar perezosamente la tarde. Descansamos juntos, recobramos el aliento perdido en el frenético envite recién resuelto y nuestros corazones recobran el ritmo pausado, hasta que volvamos a despertar…

12.11.07

Eternamente, tu mano…

Como cada noche, sin falta, sin excusas, vuelvo a evocar tu mano.

Tus dedos buscan los míos. Los acarician, se enredan, se buscan… Se reconocen, se aman.

Y en ese viaje recién iniciado, buscan nuevas fronteras, nuevos territorios por descubrir, por conquistar, en los que asentarse.

Ávida, dulce, curiosa, recorre mi piel. Ora aquí, ora allá. Atenta a las formas, los pliegues, a los accidentes. Me moldea, me amasa, aprieta, penetra en mi alma. Me eleva, me destruye, me crea, me completa… Se hace parte de mí. Me incita, me excita. Me calma, me inflama.

28.8.07

Hasta siempre

Todo pasa por algo.

Los seres vivos nacen, crecen, a veces se reproducen y, finalmente, mueren.

Esta bitácora tuvo su por qué. Hoy ya no tiene sentido, y es por ello que ésta será la última entrada que suba.

Algo se me revuelve por dentro mientras escribo estas palabras. Algo me hierve, el corazón se altera y los nervios tensan mi cuerpo. Justo como la primera vez.

El picor que precede a la lágrima se instala en mis ojos.

No me apetece seguir escribiendo. Ya no me produce placer. Releo lo escrito, recuerdo las sensaciones, los anhelos,… y todo duele.

Despierto antes de que el sueño se convierta en pesadilla. Quiero quedarme con el sabor dulce…